México: EL REGRESO.

Actualizado: abr 18

Por supuesto que iba a regresar… Esa oportunidad me la había ganado, me correspondía y nadie me la iba a quitar.

Como pueden imaginar, el haber sido regresada a casa no fue nada fácil. Pasé alrededor de 4-5 días en la cama, totalmente deprimida y sin fuerzas para siquiera poder pensar que haría con mi vida.

Mi tío con el que en ese entonces vivía, se encargaba de cocinarme, contenerme, traerme cosas ricas, de hacer todo lo posible para que yo reviviera, por así decirlo.

Por otro lado desde México, solo recibía mensajes de aliento, llamadas y un sin fin de motivos para que lo volviera a intentar. Mi familia, mi madre particularmente, solo quería que regresara a Uruguay.

Solo me escuche a mi y sin decirle a NADIE, volví a hacer mi maleta y me fui.


Por consiguiente en noviembre del 2014, emprendía nuevamente viaje hacia México. Iba aterrada como nunca, con temblores incontenibles y con los nervios de punta. Eso si: la frente mas en alto que nunca. Tenía mas que claro que eso que iba a buscar me correspondía, me lo merecía y tenía todo el derecho a vivirlo. Nadie tenía el derecho a quitármelo, a dejarme sin nada después de todo lo que había recorrido.

Al día siguiente, aterrizaba por segunda vez, en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez.

Llego al mostrador de migración y empieza:

¿Cuántos días viene?; ¿A qué viene?; ¿Dónde se va a hospedar?

Tras esas tres preguntas, me indica que lo siga. Otra vez estaba yendo hacia la sala de interrogación. No les había alcanzado con violar todos mis derechos y devolverme, que además me habían implantado una alerta migratoria, la cual salta cada vez que mi pasaporte es ingresado al sistema. Que odio sentí en aquel momento…


A diferencia de la vez anterior, esa vez fui interrogada por UN solo policía. Él, muy amablemente, me pidió que tomara asiento y que le contara porqué tenía una alerta, que era lo que había pasado. Estuvimos hablando unos 30 minutos, donde le conté con todo detalle lo que había sucedido. Él me confesó que son muchos los casos de prostitución que tienen y que cuando ven llegar a una mujer, joven y sola, su primer instinto es desconfiar de que vengan a realizar dicha actividad, lo que a mi entender es un concepto machista y discriminatorio más que una prevención.

Sus palabras fueron: “cuando vemos niñas jóvenes y guapas, lo primero que pensamos es que vienen a prostituirse. Tengo colegas que son muy exigentes al respeto y al parecer, fue lo que te tocó. Pero yo no veo ningún problema en que entres al país. Espera abajo, por favor.”

Me levanté, le agradecí y me fui. Una vez casi en la puerta de salida, sentí un fuerte “pum”. Y no tuve ninguna duda de que era el ruido que generaba el sello de entrada en mi pasaporte. Al instante un joven bajó, me devolvió los documentos y me dijo: “Bienvenida a México”.


Mi cuerpo se adormeció, una sonrisa grande como nunca resurgió y solo pude decir: GRACIAS. Recogí mi maleta y fui hasta Aduana. Allí me dijeron que oprimiera el botón: si salía verde pasaba y si salía rojo, debía abrir mi maleta.

¿Ustedes, qué color creen que me tocó? ¡El rojo, obviamente! --me río de recordarlo--. Nada grave. Abrí mi maleta y tras desarmarla por completo, me dejaron ir.

Los meses comenzaron a transcurrir y yo no hacía más que aprender, conocer y recorrer ese hermoso país. Unos días luego de mi llegada, adopté a Inna y a partir de allí, mi vida cambió para siempre.


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